Vivimos en una sociedad machista por naturaleza, que nos ha hecho creer que ser mujer no es tan importante como ser hombre y que en esa condición femenina fuimos creadas para dedicarnos a la crianza y las labores del hogar; sin embargo, como mujeres hemos entendido que nuestras capacidades van más allá de estos oficios y que sin dejar de ser mujeres podemos lograr todo lo que nos proponemos.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y de él creó a la mujer para que fuera su compañía y apoyo (Génesis 2, 21-23), pero el respeto a la mujer no tiene que ver solo con el cristianismo y la Santa Biblia; el Talmud, libro principal del judaísmo rabínico afirma que “la mujer salió de la costilla del hombre, no fue hecha de los pies para ser pisoteada, ni de la cabeza para ser superior, sino del lado para ser igual, debajo el brazo para ser protegida y al lado del corazón para ser amada”, y así lo establecen muchos textos más.

El papel de la mujer a lo largo de la historia ha sido maravilloso, aunque poco valorado; inventoras, heroínas, científicas, deportistas y hasta santas, todas se han destacado por su trabajo en pro de una sociedad más sensible y justa. Santa Teresa de Calcuta dedicó su vida a ayudar a los pobres y enfermos sin buscar retribución alguna o reprochar la situación de quien conocía. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) era filósofa, docente y religiosa de la orden de las carmelitas, entregó su vida en Auschwitz, un campo de concentración Nazi en Polonia, después de cuidar enfermos y niños que, al enloquecer sus madres por la barbarie de la época, quedaban a la deriva.

Santa Mónica, mamá de San Agustín, es ejemplo de perseverancia en la oración por la conversión de su familia; Santa Rosa de Lima enfrentó las tentaciones que la llevaban a enaltecer su orgullo y con humildad y obediencia fue la primera santa latinoamericana; Santa Regina ofrendó su castidad a Dios, murió muy joven después de ser cruelmente torturada y decapitada por aquel que la quería como esposa, pero no estaba de acuerdo con su profesión de fe.

Y así, podríamos continuar enumerando un sinfín de mujeres que han dado su vida por los demás y han dejado huellas imborrables en la historia. Pero aún falta la más importante, aquella que sin miedo alguno dijo ‘SÍ’ a la tarea puesta por Dios, la Santísima Virgen María, madre del Salvador y por regalo del Señor, madre nuestra también; ella nos ha enseñado a amar al otro sin discriminación, a arriesgarnos en las dudas y ser fuertes en las adversidades.

Por ello, nadie puede decir “creo en Cristo” si maltrata o desprecia a la mujer pues, así como Cristo, hemos nacido de una mujer y estamos llamados, como caballeros, a respetar, cuidar y amar a las mujeres; y como mujeres, a hacer valer nuestros derechos sin pasar por encima de nadie, a valorar a los hombres que Dios ha puesto en nuestro camino y a ser reflejo de Mamita María.