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Cada 28 de septiembre la iglesia católica recuerda a los mártires agustinos del Japón, quienes entregaron su vida sin renunciar al anuncio del Evangelio en el país asiático. Los beatos Pedro de Zúñiga, Presbítero y compañeros mártires fueron beatificados por el Papa Pío IX en 1867.

En 1602 llegaron a Japón los primeros misioneros agustinos – tanto de la Orden de San Agustín, OSA, como de la Orden de los Agustinos Recoletos, OAR – quienes, guiados por el Espíritu Santo, fueron bien recibidos y escuchados por el pueblo, lo que permitió la conversión de aquellos que recibían su mensaje y el surgimiento de un gran número de vocaciones. Al iniciar la persecución contra los católicos en este país, la iglesia que allí crecía fue valiente y continuaron evangelizando.

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Sin embargo, entre los años 1617 y 1637 murieron muchos misioneros, el padre Pedro de Zúñiga hizo parte de este grupo. Nació en Sevilla, España en 1580 e ingresó a la OSA a los 23 años, aunque su familia se oponía. En 1618 llega a Japón de manera clandestina, junto al padre Bartolomé Gutiérrez (de origen mexicano), pero fueron encontrados; el gobernador de Nagasaki, quien era hijo de un antiguo Virrey de México, los dejó huir.

Los fieles de Nagasaki necesitaban y querían conocer de Dios, entonces el padre Pedro volvió con el Beato Luis Flores; se pusieron de acuerdo con el capitán de un barco japonés (y cristiano) quien contrató a toda una tripulación creyente. Los misioneros se disfrazaron de japoneses y zarparon el 13 de junio de 1620, pero fueron encontrados por unos piratas holandeses quienes los llevaron a la región de Firando y los entregaron a las autoridades; allí se les torturó fuertemente.

Se les prometió perdonar la vida de los misioneros y la tripulación si negaban su fe en Cristo, pero ellos no aceptaron. El capitán del barco pidió perdón a sus compañeros por lo que estaba ocurriendo; sin embargo, los marineros estaban ilusionados porque recibirían la corona del martirio. La condena a la que fueron sentenciados se cumplió el 10 de agosto de 1622, Pedro de Zúñiga, Luis Flores y el capitán murieron en la hoguera y los demás prisioneros fueron degollados. Cuatro días después los fieles recogieron las reliquias de los mártires y les dieron digna y cristiana sepultura.