Las dificultades emocionales están de moda, el día a día nos exige ir a la velocidad de la luz y sin respirar, el avance tecnológico nos ha obligado a vivir de apariencias; es sencillo juzgar a los demás y ver los errores que cometen, lo difícil es aceptar que nosotros también nos equivocamos y que nuestros actos pueden no ser ejemplo de vida cristiana y amor al Evangelio.

Es casi imposible comprender que algunas acciones no hacen “tóxicas” a otras personas sino a nosotros mismos, lo que nos vuelve poco racionales y más impulsivos.

Aceptar los errores es el primer paso para un cambio sincero, ser mejor persona cada día es más fácil cuando se hace el propósito de no volver a equivocarse y se trabaja para lograrlo. Cuando nos confesamos hacemos un propósito de enmienda, ahí recibimos el perdón de nuestros pecados, el objetivo principal es que no se repitan.

En ese afán por querer ser mejores personas, caemos en el extremo de hacer todo a la perfección y “caerle bien a todo el mundo“; sin embargo, “del afán no queda sino el cansancio”. Nos agotamos física y mentalmente, cargamos una cruz más pesada que no nos corresponde, mostramos lo que somos en realidad, nuestros miedos y debilidades; la angustia que genera el no agradar a todos y ser tildado como una “mala persona”. Esa angustia nos puede convertir en “personas tóxicas” afectando el entorno, la vida familiar y social, aún sin que esa sea la intención.

No es bueno ni saludable permitir que el miedo, el dolor, la angustia y la antipatía de apoderen del corazón y enloden lo que el amor del Padre Celestial ha hecho en nosotros. Como hijos de Dios y seguidores de su mensaje, la tarea es ser fuertes ante la adversidad, rendirnos ante el Señor y refugiarnos en su palabra que nos enseña a ser nobles, honestos y serviciales. Imitar las acciones de Cristo es ser menos tóxicos y más amables, mostrar con nuestros actos el Jesús vivo que hemos conocido.