Imagen: Aciprensa

San Blas nació en Sebaste, lo que hoy conocemos como Turquía, en una familia con muchas posibilidades económicas; escogido por el clero y el pueblo, fue nombrado obispo en esta región. Era médico, así que aprovechaba esta facultad para anunciar a sus pacientes el mensaje de Dios y ellos lo seguían.

En el año 316, al desatarse la persecución a los cristianos ordenada por Agrícola, gobernador de Cappadocia, San Blas se refugia en una cueva; allí se concentra en la oración mientras anima a los perseguidos a seguir alabando a Dios. En las noches salía en silencio a la ciudad a llevar la Sagrada Eucaristía a quienes estaban en las cárceles.

Blas también curaba a los animales que, heridos de gravedad, se acercaban a su cueva. Un día los cazadores del gobierno llegaron al lugar y el santo, al ver que muchos animales podían morir, los espantó para salvarlos. Los cazadores, enojados por este acto, lo tomaron prisionero.

Mártir por amor a Cristo

La gente estaba muy feliz al verle y lo aclamaban sin parar. Agrícola le ofreció poder y riquezas a cambio de su fe, pero Blas no aceptó, entonces lo llevaron a la cárcel donde curó muchos enfermos; después fue trasladado a un lago para que se ahogara, pero su fe lo mantuvo sobre las aguas. De regreso, el gobernador ordenó que fuera torturado y decapitado.

Camino a su martirio, se le acercó una mujer con un niño casi muriendo, pues estaba atorado con una espina de pescado, Blas le impone las manos y con oración queda curado; por ello se le conoce como el santo de los laringólogos y patrono de los cazadores. Las personas acostumbran a pedir su intercesión en caso de enfermedades de garganta.