Imagen: Daniel Ibañez / ACI Prensa

El encuentro, realizado en España, tuvo por lema: «Pueblo de Dios en salida»

Redacción: Jessika Dayanna Mojica. @jessika.dayanna.m

Con motivo del Congreso Nacional de Laicos, realizado en Madrid del 14 al 16 de febrero, El Papa Francisco dirigió un mensaje al Presidente de la Conferencia Episcopal Española, el Cardenal Ricardo Blázquez Pérez.

Entre sus saludos protocolarios, El Sumo Pontífice hizo hincapié en los protagonistas de dicha jornada: los fieles laicos.  Reconoció su esfuerzo previo para que se pudiera llevar a cabo este importante evento enmarcado dentro de la fiesta de los Patronos de Europa, San Cirilo y San Metodio: “Ellos impulsaron una gran evangelización en este continente, llevando el mensaje del Evangelio a quienes no lo conocían, haciéndolo comprensible y cercano a las gentes de su tiempo, con un lenguaje y formas nuevas.”

El Santo Padre, en su mensaje mencionó la importancia de caminar juntos y de darnos cuenta que le pertenecemos, pues todos somos “La Familia de Dios” y estamos llamados –al ejemplo de los Santos conmemorados- a “llevar la luz y la alegría del Evangelio a un mundo complejo y hostil”, en comunidad, conscientes de ser “El Pueblo de Dios en salida”, siendo movidos y felices con la Verdad.

Imagen: © Vatican News

También resaltó la vigencia del mandato misionero y expresó: “La Palabra viva de Dios necesita ser predicada con pasión y alegría a través del testimonio cristiano para poder derrumbar hasta los muros más altos que aíslan y excluyen.”   Y a propósito, exhortó a huir de las tentaciones del laico: el clericalismo, la competitividad, el carrerismo eclesial, la rigidez y la negatividad…

El Obispo de Roma, finalizó animando a los asistentes apoyándose en las palabras de las Sagradas Escrituras: “Vayan y prediquen el Evangelio” (Mt 28,19), diciendo: “no tengan miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida”.