La Cruz, mi cruz, las cruces en tiempos de grandes retos

Por Luis Daniel Londoño. prensa@emisoramariana.org

Imagen tomada de www.cathopic.com

“Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos. Porque con tu Santa Cruz redimiste el mundo”

La Cruz

La Cruz es el elemento desde el cual se puede leer de la forma más amplia y profunda, el sentido de la redención. Cristo fue crucificado en la “cruz romana”, destinada en el ámbito penal, a sacrificar criminales clavándolos a un madero.

La crucifixión era una de las formas más dolorosas y lentas de morir, así como más crueles de ejecución. Se usaban clavos grandes que serían clavados a través de las manos y los pies del criminal y como si fuera poco, los transeúntes se burlaban de los condenados, ya que las cruces se colocaban a menudo en caminos públicos como nos lo referencia san Mateo 27, 39: “Los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza…”.

Cristo no fue un criminal, no obstante, fue condenado a la pena de muerte y quizás, teniendo la libertad de haberse retractado de sus enseñanzas, asumió la cruz en obediencia al Padre y por la redención de la humanidad: “Padre, si es posible, aparta de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Él, con su sacrificio, hizo de un elemento de tortura y muerte, un camino de vida. No asumió la cruz por la cruz, simplemente porque no era un masoquista, sino que nos enseñó a ser coherentes y a estar por encima de las circunstancias. La cruz, para el mundo, es una locura. La Cruz para el cristiano es: derrota y victoria, tiene ese doble significado. Derrota del mal y triunfo de la vida y la justicia.

Para el Papa Francisco, este doble significado tiene su sentido: “la Cruz nos enseña que en la vida hay derrota y victoria. Debemos ser capaces de tolerar el fracaso, de llevar con paciencia los errores, y también nuestros pecados, porque Él ha pagado por nosotros”.

Mi cruz: cargar con la cruz de cada día

No es resignación. No es impotencia. No es pasividad. No es derrota. No es debilidad. Cargar con la cruz es aceptar la posibilidad del triunfo y del fracaso en la vida. Es tener la valentía suficiente para asumir la existencia y desde ella, configurar las tristezas y las alegrías con el ejemplo de Cristo. Dios ha vencido por el sendero de la cruz.

Una enfermedad, un fracaso, una injusticia, una persecución, se puede transformar en victoria espiritual y sanación integral. Asume tu cruz, no la que otros quieren imponerte.

Las cruces: ¿Acompañar o torturar?

Simón de Cirene ayudó a Jesús a cargar con la Cruz. Ante el drama del calvario parece algo insignificante, aunque tiene una enseñanza de enormes dimensiones, con una palabra clave: “ayudar”.

Nada más cruel que imponer cruces, cuando nuestra misión es ser solidarios, acompañar, orar por los sufrimientos, sanar, liberar, ayudar a crecer, hacer menos fuerte el dolor del hermano. Por eso la cruz tiene un componente de misericordia.

Terribles esas cruces que imponemos para hacerle imposible la vida al otro: matoneo, chismes, calumnias, infidelidades, violencia de pareja, sometimiento, tortura, aborto, eutanasia, gritos, chantaje, indiferencia, intolerancia y tanta crueldad humana.

Bella reflexión hace Benedicto XVI, cuando afirma: El crucificado desvela, por una parte, la debilidad del hombre, y por otra, el verdadero poder de Dios, es decir, la gratuidad del amor: precisamente esta gratuidad total del amor es la verdadera sabiduría.

Vivir la sabiduría de la Cruz es construir un mundo más justo y más humano, en el que el mal sea derrotado.

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